© Norma Segades-Manias
Índice

* Prólogo: Amanda Pedrozo Cibils (Paraguay)

Prólogo: Amanda Pedrozo Cibils

Réquiem por los pájaros

Sin duda, Norma Segades Manias es una escritora de entrañas desgarradas (desde luego, esto no es literal, pero nunca está de más un poco de sentido del humor, sobre todo porque nuestra querida escritora no nos dará ni un respiro ni nos ahorrará un solo dolor apenas incursionemos en su literatura sustancial). Por eso mismo, su poesía nunca fue, es ni será "l'art pour l'art". No, porque su compromiso es impiadoso hasta con ese fondo de ternura que late en su decir. No es de las que ceden, no es de las que callan ni amenguan los golpes, los gritos o las heridas. Y cuando su temática se amolda a los pliegues de la narrativa, no por eso pierde ese sentido poético profundo que es arrastrante, impetuoso como las aguas del río Paraná.
No ha sido una sorpresa comprobar la misma fuerza poética en sus cuentos. Pero sin duda, Norma ha encontrado una veta poco explorada, así que lo dinamita todo con el don de la palabra más incisiva y nos entrega la verdad sin disfraces. No es una narradora que mira desde la distancia -o a cubierto- de un castillo de cristal omnisciente, como otros y otras hacen, tanto por facilismo como por no estar consustanciados realmente con las desgracias sociales. De ninguna manera: ella es la propia voz, carne y sangre de sus personajes y en la medida en que hurga sin piedad en las heridas, las va sanando o resolviendo en el horror irremediable. Mujeres dolidas y dolorosas, vengativas y de alma acuchillada, con un fondo intocado de inocencia que a pesar de los pesares respira en cada una de ellas, en cada corazón partido por la injusticia, los abusos, la discriminación de género, la soledad sin lágrimas.
Una madre clama por su hija quemada por el hombre que dice amarla y sin embargo por eso mismo la hace su víctima: "ese despojo casi calcinado estuvo nueves meses en mi vientre, alimentado por el mate amargo y rodajas de pan hecho en el horno que armamos en el patio... y ahora que ya está grande, que ya cumplió los veinte, que tiene un buen trabajo y una hija gateando por la pieza, viene este desalmado que la golpeaba siempre hasta el desmayo -como a usted tantas veces le explicamos- y discute con ella y le reprocha que ya no lo ame tanto y le arroja nafta sobre el cuerpo y la convierte en una tea humana". Y es a un policía a quien le dice en ese cuento ("Vos también") convirtiéndolo en prototipo del salvajismo machista: "no me mirés así, con ese aire de perdonavidas, defensor de los machos que maltratan la vulnerabilidad de las mujeres, golpeador vos también, verdugo vos también, cómplice vos también, hijo de puta". ¿No es la verdad cara a cara, acaso?
Con este cuento abre Segades Manias su libro "Réquiem por los pájaros". Así que desde la primera página a la última, no hay perdón para nadie. Como no hubo perdón para esas mujeres sacadas de la desgracia y del corazón del pueblo, las que sufren calladas y calladas son capaces de pequeños milagros de sobrevivencia, víctimas y también hacedoras de vida. Luego poblarán nuestros recuerdos (a fuego, porque es así como marcan su huella los cuentos de Norma) una mujer que asesina y presenta ella misma el arma del homicidio ("Aquí traigo las pruebas del delito. Esta es la 9 milímetros herencia de mi esposo y mis manos gastadas dispuestas para el test de parafina", de "Adiós a las treguas"); el grito al cielo porque Dios no responde cuando se le ruega que pare la violencia, el ataque, el cuchillazo, la violación, la muerte ("en mi mirada ciega sólo quedó el esbozo de sonrisa que se asomó a tus labios, abajo del bigote, ayer, cuando mi hermana me dejó a tu cuidado", y es que el violador completó su obra "Mientras Dios no estaba"); y la asesina que se sabía descubierta por haber perdido un zapato en su prisa por huir y es allí donde no hay opción sino poner los pies en el suelo, porque, nos dice "-No hay tiempo para reyes ni bailes ni palacios. En el barrio los ratones son ratones, y las calabazas, calabazas-".

"Réquiem por los pájaros", el cuento que da título al libro, escapa -se me ocurre decir que se debe a esas alas de pájaros muertos- de la denuncia de crímenes contra mujeres y niñas y niños, los abusos, la injusticia, la indiferencia social. Allí nos encontramos con el vuelo (como de ángeles caídos) que araña con ganas lo más alto, para convencer absolutamente pero no ya a voces sino en un susurro extraño: ¿dónde está Dios? Peor que negar su existencia, se lo acusa de indiferencia. Por eso, es un mundo caótico, por eso el caos no tiene remedio y a veces, se cumple la venganza, dada la ausencia de la justicia y porque a Dios le importa un carajo. Y si le importa, no hace nada, no responde a los ruegos, a los rezos. Es como dice la autora: "y hace bastante tiempo no despliega milagros".

Sin adelantar más que lo dicho: para develar la trama de estos cuentos tendrán que avanzar a corazón desnudo, se les convertirá en una cuestión personal con víctimas y victimarios, aunque nunca antes se hayan planteado así la lectura. Una cosa es segura: no podrán escapar a la fascinación de mirar a través de los ojos de Norma Segades. Y entonces tampoco tendrán piedad de criminales como el que dice "por eso es que te llevo de paseo al borde del estanque... y te pido que no me tengas miedo. Y te pido que calles, que no grites... que no quiero golpearte. Que no quiero. A menos que lo hagas necesario" (del cuento "Sólo yo te presiento"). Lo que lleva a una última consideración: duele -y la autora no esconde su desgarramiento- sacarse la piel a estironazos para ponerse en la mente de un victimario, un asesino impiadoso, y entenderlo. Por todo eso, no hay duda de que "Réquiem por los pájaros" es un libro insustituíble, visceral e impecable.

Amanda Pedrozo (Asunción del Paraguay-enero 2011)

Vos también.

¿Me escucha agente?
Ya no me quedan fuerzas para seguir pidiendo por su vida, para seguir diciendo que no es barro ese colgajo oscuro sino la piel quemada, que no podemos acostar a mi hija en la cajuela de una camioneta porque está agonizando.
No me aparezca ahora con más estupideces porque estoy orillando la locura.
Nunca quiso tomarnos la denuncia. Nunca intentaron vigilar la casa. Nunca creyeron en nuestra palabra. Nunca cumplieron nada.
Y así fue como este hombre pudo llegar en medio de las sombras y quemarla…
Y quemarla…
¿Cómo se atreve a sugerir paciencia?
Ese despojo casi calcinado estuvo nueve meses protegido en mi vientre, alimentado con el mate amargo y rodajas de pan hecho en el horno que armamos en el patio. Años y años luchamos para que no fuera incluida en estadísticas, en la lista de niños que sucumben luchando contra el frío, desabastecimiento de vacunas, carencia de nutrientes, convulsiones causadas por la fiebre, ahogos en la noche… Años y años luchamos, codo a codo, para sobrevivir a la miseria. Y ahora que está grande, que ya cumplió los veinte, que tiene un buen trabajo y una hija gateando por la pieza; viene este desalmado que la golpeaba siempre hasta el desmayo –como a usted tantas veces le explicamos- y discute con ella y le reprocha que ya no lo ame tanto y le arroja la nafta sobre el cuerpo y la convierte en una tea humana.
¿Cómo se atreve a reclamar sosiego?
No es barro agente… Y aunque fuera barro, que importancia tendría ante la perspectiva de salvarla. Yo le traigo una sábana para cuidar el tapizado limpio. Yo te traigo una sábana… Yo te traigo.
Mirá que ya no tiene fuerzas. Mirá que ya ha dejado de quejarse. Mirá que el pulso apenas si se siente. Mirá que va a morirse antes de que aparezca la ambulancia.
Mirá que cuando nazca la mañana y broten periodistas fingiendo interesarse por el dolor ajeno, tratando de obtener el toque bajo que pide el corazón de los espectadores yo voy a denunciarte. Voy a gritar tu nombre y apellido. Voy a mostrar tu foto y a delatar esta inmisericordia que te impidió escucharme. Voy a gritar hasta desgañitarme. Como grité la noche que la estaba pariendo sin cirugías, sin epidurales, sin imágenes previas de su cuerpo, a puras ganas de que me naciera un retoño de aquel amor que se marchó una tarde prometiendo llamarnos.
Les voy a sacudir el mediodía a esos personajes que no escarban en botes de basura pero gustan de hurgar entre las llagas.
No me mirés así, con ese aire de perdonavidas, defensor de los machos que maltratan la vulnerabilidad de las mujeres, golpeador vos también, verdugo vos también, cómplice vos también, hijo de puta…

Primer Premio Certamen de Cuentos Alicia Moreau de Justo (Partido Socialista de Coronel Rosales-Provincia de Buenos Aires)

Adiós a las treguas

Al comienzo fue la sequía.
Partículas suspensas en el aire impidieron el paso de los rayos solares.
El conjunto de estrellas detenidas en Virgo refractaron una visión del mundo apenas definida, como si se observara tras un juego de espejos con el vidrio mugriento.
Fue cuando comenzaron los reproches. Una red de palabras atrapando espectadores y protagonistas, víctimas y victimarios. Hilos enmarañados tramando aquella urdimbre diferente. Un punto arriba: deforestaciones. Un punto abajo: urgencia agropecuaria. Una lazada: gravámenes, subsidios, mezquindades. Y el preciso vaivén de cada mano reincidiendo sin pena ni clemencia más allá del sigilo.
A lo largo del campo, fatigas y jadeos quebraron la promesa guardada en las espigas. Y un sol rojo y perfecto enfureció el dolor de la intemperie en aquellas regiones donde el péndulo hería los cuadrantes de sombra.
El suelo mostró entonces los primeros estigmas.
Se obstinó en los abismos. Rasgó sus lejanías con garras de naufragios. Y así, como heredera de todas las derrotas, una agonía de astas y pezuñas inauguró su hambruna de matas con espinas.
Al llegar el ocaso, centurias de cervices se inclinaron, vencidas. Sumaron sus despojos a los otros despojos.
Tiempos en que los hombres admitieron su rol de marionetas, moraron en el hueco de su espanto, gastaron las miradas para encontrarse en el asombro ajeno. Y la sospecha desgarró sus vísceras. Les saqueó las liturgias.
Apenas un esbozo de sorpresa flotó sobre el presagio fracciones de segundo después de los intentos por tocarse, por escrutarse, por reconocerse. Por cobijar los rasgos más amados en inútiles celdas de memoria, antes que se esfumaran como hebras de ceniza en la desolación de las ausencias.
Recién cuando las huellas de las cabalgaduras se hubieron esfumado, cuando los sellos rotos fueron sólo un reflejo, pudieron elevarse las columnas de tierra ante la colisión con la llovizna, génesis de un diluvio que abandonó la edad de la pereza y desgranó el espanto de su cólera.
Sin conceder más treguas, arrastró el fango por los callejones, lo introdujo con saña en las fisuras, concilió sus encastres hasta colmar el útero del mundo.
Cuando quedó saciada la inclemencia, ni un harapo de trino inauguró el crepúsculo. Ni siquiera el eco de una risa chapoteó en la quietud de las acequias.
Los últimos vocablos derivaron en restos de periódicos. Naufragaron al borde de desagües con su pesada carga de consumo, cosechas, transacciones, rédito por hectárea y precios de mercado.
El silencio estalló denso, cerrado.
Recién cuando la aurora parió la transparencia, recién cuando las voces impusieron los límites precisos, recién cuando los dioses restablecieron ciclos y mareas, atmósfera y rituales… la vida reinició sus coordenadas.

En la apaisada soledad del orbe el linaje del polvo sucumbió a su pecado.

Las pruebas

Cuando mi nieta me miró a los ojos: humillada y herida como nunca, yo supe que no habría policía capaz de interpretar lo que se siente cuando dos delincuentes destrozaron tu tierna adolescencia, tu esperanza, tus sueños, tu destino, en mitad de la calle, armados con navajas o cuchillos.
Una semana transcurrió esperando encontrarlos por los alrededores del distrito en donde perpetraron el ataque. No me fue dado ver ni un detective haciendo su trabajo. Pero mi vigilancia rindió frutos.
Nunca dudé al respecto. Ni un instante siquiera. La descripción de Laura fue precisa. Eran esos salvajes depravados siguiendo su rutina.
Pasaron a mi lado como si no existiera. Nadie mira a mujeres que pasan los ochenta. Hasta pude tomarles una foto antes de que ingresaran a su cuarto en el hotel de precio conveniente para su condición de expresidiarios.
Sin prisa alguna abordé ese taxi que cruzó la avenida y le llevé a la víctima la imagen capturada en la memoria de mi viejo móvil.
Serena como nunca esperé las palabras que me expulsaron fuera, hacia el desequilibrio. Aguardé a que saciara la sed de mis preguntas, que los reconociera, que les examinara los atuendos, los rostros, las sonrisas insolentes. Ese cinismo con que representaban su rol de impunidad a plena luz del día.
Como en un ramalazo, pasaron por mi mente los años trabajados con los niños, los libros, la ternura, el compromiso. Un vendaval de vida ante mis ojos, apuntalado a fuerza de servicio, de solidaridad y obligaciones. De prudencia y empeño. De exigencia.
Acaricié la cabellera rubia mientras su llanto me mojaba el pecho, deposité en la frente el apremio de un beso y me interné en la hondura de sus ojos buscando alguna huella de su antigua alegría.
No recuerdo si dije hasta mañana

Cuando toqué a la puerta vi una pupila oscura reflejarse, prudente, en la mirilla. Y quizás me estudió de arriba abajo. Pero abrió sin sospechas.
El estallido lo arrojó de espaldas y la sangre brotó entre los escombros de su virilidad ejecutada.
Su compañero comenzó a gemir, a suplicar piedad, misericordia. Yo apunté nuevamente al centro de sus piernas.
Manden ayuda urgente que los salve. Quiero verlos de nuevo, en el estrado, cuando los juzguen, cuando los condenen, cuando los precipiten a la cárcel. Pero tengan ustedes la certeza de que ya no podrán seguir violando la integridad de nadie.
Disculpen que una anciana jubilada se haya permitido esta osadía de ejercer la justicia por su cuenta. Pero es que ustedes suelen ser tan blandos. Y los jueces tan fríos.

Aquí traigo las pruebas del delito. Ésta 9 milímetros herencia de mi esposo y mis manos gastadas dispuestas para el test de parafina.

Bajo una lluvia mansa

No puedo recordar cuando empezó la lluvia, pero fue después de aquella puntada que te atravesó el pecho y mucho antes de que Doña Luisa pasara a verte. Visita corta la de la vecina. Entrar y salir. Casi sin mirar tu mano en la mía. Casi sin mirarme. Como si hubiera visto algún mal modo o la ahuyentara el tufo de las flores cariadas por la lluvia. Aumentando esa frialdad que crece a pesar de las mantas. Y el día sollozando encima de las matas de azaleas, sobre los breves pasos de las hierbas, sobre el olmo del patio. El olmo que plantamos en el cuarenta y cinco. El mismo año en que nació Juancito y entré al ferrocarril como catango. Si habré inclinado la espalda afirmando rieles, pedregullo, tuercas, bulones. Y el sol cayendo a plomo sobre la soledad de las vías. Mis manos se pusieron anchas y ásperas como aquellos durmientes de quebracho. A pulso lo hacíamos. A pulso. Fue el año en que rendí aquellos exámenes. En las noches de invierno estudiaba. Mientras el viento golpeaba los postigos, silbaba entre los malvones, agitaba las ramas del olmo. Vos con el mate y yo con los libros. Hasta la madrugada. El título de mecánico. ¡La gran puta! Si habrás luchado con los mamelucos. Sólo con agua hirviendo se quitaba la grasa. Tu espalda doblada sobre el fregadero. Reina de los cepillos y la espuma y el humo que subía del agua en movimiento. Catango vos también. Y la nena que apenas caminaba. Y el traslado llegando de improviso. Árbol Tronchado. Un pueblo en el desierto. Ninguna diversión exceptuando las bochas. En la mitad del campo. Ni luz había. Pero... estaban los hijos. Y tenían que ser más que nosotros. Más que catangos. No nos equivocamos ni un poquito. Los mejores alumnos de su clase. Con esfuerzo. A pulmón. Como nosotros. ¡Qué fuerte era por aquél entonces! ¿Y vos? tan frágil, tan menuda, tan mínima... Pero, cuánta energía. Más que yo, con mis manos de quebracho. Todo a través tuyo. La casa amanecía con el aroma al pan del desayuno que vos cortabas en rodajas finas, para que nos rindiera. Época dura. Hasta que Juancito cobró su primer sueldo. Qué muchacho tan loco. Nos compró ropa nueva. Yo estrené una camisa de flores chiquititas. De maricón –le dije- me compraste una camisa de maricón. Nos reímos todo el día. Porque sí. Porque estábamos juntos. Y sanos. Y vivos. Después llegó la graduación de Nora con su vestido blanco. Los muchachos habían comenzado a mirar con deseo su caminar de trigo. Tenía que pasar. A mí no me gustó el Ernesto. No me gustó. Pero me equivoqué, ¿viste? Buen muchacho. Buen matrimonio. Lindos nietos. Lástima la vida, las responsabilidades, los horarios. No hay tiempo. Ya no queda tiempo. Juan también: el Banco, los negocios, el tenis... Como yo con las bochas. Y vos, mirá que rezongabas cuando quedabas sola. Tirabas la bronca. Pero después se te pasaba. Yo te cebaba mates mientras vos renegabas con la plancha. Y siempre conversábamos. Éramos pobres pero tiempo había. En cambio, ahora, siempre, siempre corriendo. Y eso que Carmencita... Te cayó mal la "gallega" ¿te acordás? Pero eran celos tuyos solamente porque se llevan bien. Juan está conforme. Una pena los hijos que no llegan. Un hombre se realiza definitivamente a través suyo. Se adivina en sus gestos. Se prolonga en sus sueños. Se detiene en sus rasgos. Por eso la nena de Norita tiene tus mismos ojos. Tan claros. Tan mansos. Y vos empecinada en no dejarme verlos. Doña Luisa dijo algo de hablarles a los chicos por teléfono. Ya no van a tardar. ¡Nunca te vi dormir de esta manera! ¿Qué les digo a tus hijos cuando lleguen? Julia... Julia...

Calendario en agosto

No puedo decirle la fecha que marcaba el almanaque. Pero fue aquella noche, cuando el Cristian vino a buscarme al centro.
Nos conocimos en el baile de la vecinal. Apenas me miró y ya no pude sacarle los ojos de encima. Parecía un sueño hecho realidad. Un príncipe de cuento parecía. Tenía puesto ese traje blanco que lo hacía parecer tan respetable. Con el pelo brillante llegándole justo al borde de los hombros. Me empezó a recorrer de arriba a abajo con la mirada negra, profunda, atrevida... Cuando movió la mano para sacarme a bailar, me encandiló la luz que despedía ese anillo de oro verdadero... el que le regaló una novia que tenía hace mucho... el de las iniciales sobresaliendo para afuera.
Pero bueno, esa noche que le digo, antes de que saliera, la señora me llamó a un costado para darme un consejo. Me habló bien bajo para que él no escuchara: -Tené cuidado, m'hija...
Nos fuimos caminando, despacito, para el lado del bajo. Él me había rodeado la cintura y me hablaba al oído. Su voz parecía llegar desde muy lejos y yo ponía la cara que pone la Talía cuando está enamorada.
De pronto aparecieron los primeros ranchos, los zanjones repletos de ranas chiquitas y una luna redonda como un queso que iluminaba todo.
Apenas cruzamos el descampado me di cuenta. Pero no tuve miedo. En el fondo de mi corazón lo deseaba tanto como él.
La pieza era un cuadrado de chapas de cartón atadas con alambre alrededor de cuatro postes torcidos. Ni ventana tenía. Una cama vieja sostenía, apenas, el colchón sucio y rotoso que dejaba escapar por todas partes los puñados de lana.
Si digo la verdad, no me gustó... pero una es pobre… ya nace acostumbrada a acostumbrarse.
Sobre un trapo manchado me hizo el amor.
Lo había imaginado de otra manera; menos violento y menos sudoroso.
Por un momento toqué el cielo con las manos. Sentí que nunca más podría repetirse algo así, tan perfecto. Después que terminó, se quedó mirándome a los ojos y me secó una lágrima que se había escapado hacia la almohada.
A la luz de la vela, el anillo apenas si brillaba.
Lo noté diferente. Sin decir nada empezó a vestirse. Sacó un peine chiquito del bolsillo y lo pasó hacia atrás, detrás de las orejas; después se acomodó sobre la frente el desorden de rulos que a mí me gusta tanto.
Se acercó hasta la puerta y alcancé a respirar la frescura de la noche antes que entraran todos esos hombres.
Ahora es suya –dijo antes de marcharse-. Nos vemos y arreglamos.
No volvió la cabeza ni se detuvo a escuchar mis gritos pronunciando su nombre en la soledad del bañado.
Nunca más volví a verlo.
Pienso que debe haber sido verano. Digo. Por lo de las ranas y las campanillas en los cercos.
Ahora, a cada rato la panza se endurece y ando perdiendo un agua entre las piernas.
Por eso vine a verlo.
Capaz que ya sea tiempo.

Entre gallos y medianoche

Una vez tuve el pelo renegrido, imaginé el amor en los crepúsculos con aroma a jazmines y el lilazul suicidio de los jacarandáes. Me sumé a los susurros gemidos junto al lago mientras las manos inexpertas despertaban al viento los sentidos.
¡Mirá que somos tontas las mujeres!
Cuando nació mi hija, los viejos no entendieron la falta de firmeza en la defensa de esas convicciones inculcadas a fuerza de arrebato por la hermana Palmira. Y el pecado cayó sobre mi espalda con furia inusitada.
Desterrada del nido, vagué entre diferentes intemperies hasta caer en esta profesión de mujer que compra y vende relaciones carnales con los hombres en cualquier callejuela.
Todo sitio fue bueno para hacer la comedia del deseo. Pensiones de mala muerte, obras en construcción, rincones escondidos, plazas, parques, jardines.
Año tras año comercié mi cuerpo. Coticé cada coito. Puse precio a jadeos, a rasguños, a oscuras parafilias. Así pude comprar esta casona donde encuentran cobijo las ovejas excluidas de todos los rebaños. Porque una nunca olvida los dolores pasados y comprende y consuela con risa hospitalaria. Porque, a pesar de todo, nunca ha sido una puta cualquiera.
Mantuve mi trabajo de maestra en una escuela alejada del centro.
El salario fue siempre una limosna, pero era una manera de intentar protegerme y protegerla. Aunque sólo fuera por la jubilación y el amparo en salud. Llegaba amanecida. Me dormía sentada. Los padres levantaban sus muros de sospechas.
Hasta que pude regentear yo sola mi prostíbulo sin que ningún rufián osara desafiarme. Todos me respetaban. Como si presagiaran algún perfil de cruenta madrugada. Como si presintieran la huella de aquel hombre en mis umbrales. El que golpeó a mi puerta, perentorio. Exigiendo respuestas. Advirtiendo que no permitiría que su hija se criara en un burdel de mala muerte. Atronando el vacío con sus voces de apremio. Reclamando el mañana, el amor verdadero que yo salvaguardaba de todas las miserias. Proponiendo un futuro de soledad, tristeza y agonía. Poniéndome en el trance de escoger. Así nomás… Entre gallos y medianoche.
Pero el tiempo transcurre con su cuota de olvidos. La hija se hace grande, se enamora, se casa, se prodiga en los nietos.
Y una se sabe vieja. Profanada. Adiposa. Ya no puede siquiera unir muslo con muslo al sentarse en la silla detrás de la ventana.
Debajo del flequillo platinado, con ojos enmarcados en colores de sombra observa hacia la calle mientras la boca roja, contraída, sostiene el cigarrillo entre los labios.
Y el vidrio te devuelve una imagen extraña. Una mujer que huele a sus propios pecados. Con la mirada irónica, vacía. Con la mirada impávida. Helada como el cuerpo que arrastró entre las hojas hace casi veinte años, y sepultó en la hondura de la tierra, bajo el roble pequeño, en el fondo del patio.

Mientras Dios no estaba

Las nubes pasan sobre mi cabeza envueltas en las ráfagas que sacuden las cañas de tacuaras y la melena de los matorrales.
La mañana huele a frío, a llovizna penetrante. A humedad huele.
Y andan las torcacitas escapando de niños cazadores que empujan sus temores hacia el refugio de los árboles. Pero yo no las veo, Ludueña, no las veo.
Aunque tengo los ojos abiertos como platos, mis pupilas retienen solamente esa sonrisa sucia, corrompida, que apareció en tu rostro, anoche, cuando mi hermana la Lorena me dejó a tu cuidado.
Antes de hacerte el bueno, de empezar a acariciarme y hablarme entre susurros y llevarme a pasear hasta el estanque. Antes de molestarte porque yo no quería, porque causabas miedo. Antes de cachetearme y desnudarme por la fuerza. Antes de que tu mano me tapara la boca para que no me oyeran gritar de horror junto al agua callada. Antes de que tu cuerpo me embistiera tan fuerte contra el suelo compacto. Y el dolor me quebrara en dos mitades. Ese dolor profundo, penetrante. Ese dolor rompiéndome la carne.
Mientras llamaba a Dios, pero no estaba.
Sin entender la saña de tus puños golpeándome la cara, la voz de tu violencia exigiendo docilidad a mis lamentos, ordenando que prometiera no contarle a nadie lo que vos me habías hecho, prometiendo la muerte para todos si decía tan sólo una palabra, peinando tus cabellos con las manos, dando vueltas en el cañaveral, temblando como loco, con un miedo tremendo en la mirada.
Hasta hallar finalmente el tronco abandonado con el que me rompiste la cabeza para impulsar la sangre. Enroscando en mi cuello la bombacha. Tensando con tus músculos la furia que me quitó el aliento. Abandonando el cuerpo en este basural a cielo abierto, donde sólo los perros se aproximan, donde nadie se arriesga a aventurarse.
Sola hasta que llegara la mañana y la luz mortecina viniera a iluminarme.
Cuando mamá me busque y la Lore despierte para advertir mi ausencia. Cuando mamá le grite con su voz más chillona y espantada. Cuando los policías les pidan que pregunten en la casa de todos mis parientes antes de radicar una denuncia. Cuando el barrio en la calle lance al viento mi nombre. Cuando los más traviesos persigan las palomas con sus filos cortantes. Cuando un vuelo abatido sucumba junto a mí, por accidente. Cuando el Braian se acerque a descubrir, en la mugrienta lividez de mi cuerpo, que aunque recemos mucho y gritemos su nombre en medio de la noche, casi nunca aparece el ángel de la guarda.
Pero yo ya no veo, Ludueña. Ya no veo.
En mi mirada ciega sólo quedó el esbozo de sonrisa que se asomó a tus labios, abajo del bigote, ayer, cuando mi hermana me dejó a tu cuidado.

Los ojos nunca mienten

Ahora vamos a hablar como Dios manda.
Ahora voy a contarte de las horas, los días, las semanas que me pasé escondiéndome de vos. Secándome los mocos impotentes en un rincón del baño mientras las otras chicas festejaban tus risas, tus sarcasmos, tus apodos odiosos, tus infamias…
Y vos como si nada. Como si no supieras que ese atropello me rompía el alma. Como si no supieras que era un acto humillante trepar sobre mi piel de desamparos para sentirte el eje de toda reverencia. Como si tus palabras engañosas, tus mohines farsantes, pudieran convencerme de que eran sólo bromas.
¿Qué más puedo decirte?
Me tenías cansada. Sonaba la campana y yo ya ni quería levantarme para no coincidir con tus asedios. Ni siquiera dormía pensando en tus maldades. Nunca pude entender por qué, siendo inocente, te exasperaba tanto.
Te burlabas de mí, de los zapatos con el cuero duro y la ropa heredada. Del olor a espirales en el pelo. Del hambre vieja que me parió tan flaca.
Sola de toda soledad cargué con mis vergüenzas. Igual que soporté las manos asquerosas del novio de mamá sobre mis pechos y aquellas embestidas sudorosas destrozando membranas y las gotas rojizas impregnando el colchón ahora dado vuelta.
Igual que sobrellevo los espasmos del hambre cuando llega la noche y no ha quedado nada, ni un mendrugo de pan sobre la mesa. Igual que disimulo delante de los otros que no me importa nada no conocer el nombre de mi padre y no tener a nadie a quien contarle nada.
Porque a la profe yo le importo menos que el celular que atiende a cada rato y los relojes que la paralizan. Y la tutora grita como loca porque mamá no asiste a los llamados. Y vos ya me quitaste las amigas. Lo único genuino que me estaba quedando.
La escuela siempre lejos, la vida a contramano, la familia biengracias.
Por eso ya no siento ni una brizna de pena ni un asomo de dicha ni el perfil de un pecado. Ni siquiera la huella de una culpa.
¿Qué querías que hiciera con mi desesperanza?
Vos a mí no podías engañarme. Yo te miré a los ojos. Y los ojos no mienten, Paulina. Los ojos nunca mienten.
Como ahora que están llenos de angustia y rastreo ese miedo que me nombra en la incredulidad de tu mirada. Mientras tratás desesperadamente de detener la sangre que filtra entre el intento de tus dedos por obstaculizarle la salida… desde el cuchillo de cocina que clavé en tu garganta y empapa la remera de la escuela con un matiz oscuro, casi negro y se encharca en el piso de mosaicos.

Sentada en la ceniza

La Gloria fue la única que se atrevió a cobijarla en la cocina de su casa, en medio del caos de lo que había sido la cena de horas atrás. Últimamente volvía más temprano de trabajar la calle. Los años transitados no la exhibían tan apetecible. Y hacía casi siempre tanto frío.
Ella apenas podía recobrar el aliento. Desde que el Mauro le diera la orden de escapar por el suelo mojado de rocío sintiendo la dureza de terrones bajo su pie descalzo. Desde el mismo momento en que bajó del auto y comenzó a correr hacia la noche, apretando en sus brazos al pequeño que no dejaba de llorar como si presintiera. Desde que el propio pulso acelerado le zumbara al oído al igual que un tambor impiadoso. Y el miedo prodigaba dentelladas, babeaba a sus espaldas como un perro rabioso.
Todo estaba perdido. Lo sabía. Porque perdió el zapato.
Y no cree en la magia ni en ningún talismán que la proteja o la salve del día de mañana. Ha pasado el instante, la seca medianoche. La hora en que se rompen los hechizos.
Es como dice el Mauro: -No hay tiempo para reyes ni bailes ni palacios. En el barrio, los ratones son ratones y las calabazas, calabazas.
Por eso esconde la cabeza entre aquellos harapos de puta vieja mientras los aullidos metálicos se acercan atravesando el aire de la madrugada y oleadas de uniformes de derraman entre los pasadizos, las casas de cartón, los zanjones mugrientos, las latas con malvones. Y la azul prepotencia se aproxima con la palabra en alto.
Apoya la cabeza sobre el duro cojín de sus rodillas.
Ahora que su niño se ha dormido y la angustia conjura los sollozos y el agobio le calza como un guante piensa en un subterfugio que la salve.
Porque sabe muy bien que no hay excusa, que aunque el príncipe intente protegerla sólo balbuceará sus incoherencias, como siempre que el reguero de insectos le traspasa la mente trastornada.
Y hallarán la evidencia. El zapato extraviado a orillas del asfalto de una calle cualquiera, junto al casquillo que desnucó los sueños de aquel hombre. El conductor del taxi que apostó a su inocencia de madre adolescente con el niño en los brazos pidiendo se detenga en medio de la noche, antes que el Mauro y sus amigos le quitaran a gritos, a punta de cuchillo, la radio, la confianza, billetes, zapatillas… y pintaran la piel de sus temores con el gris ceniciento de la ausencia. Tendido en la miseria con los brazos abiertos a una crucifixión poco ortodoxa, la mirada perdida en las estrellas y el nombre de algún hijo entre los labios. Dormido para siempre sobre la prepotencia de su sangre.
Y envuelto en el sayal de la impotencia como única mortaja.

Solo yo te presiento

Rosa naciente a la que nadie mira. Indicio de un destino desdichado donde habrás de llorar tus infortunios a fuerza de amarguras y de lágrimas. Con tu madre ocupada en sus trabajos, la Lorena rodando de jergón en jergón y tu padre vencido por el vino debajo de algún sauce suburbano.
Surges entre la hambruna y los harapos como la reina de las mariposas. Monarca que se posa entre los lirios para sorber el néctar que alimenta tu cuerpo de contornos asexuados, tus ojos de carbón, tu boca fresca, tu nariz levantada.
He sido condenado a proclamar tu cuerpo transitando el infierno en la mirada donde me es dado codiciar la audacia de tus pequeños senos no nacidos tras esa candidez de los pezones. Pimpollo de inconsciencia negligente. Pequeña prostituta despreciable jugando con mi sed desprotegida, huérfana de caricias y mañanas.
He sido condenado a perseguir ese cabello oscuro que sujeta la hebilla a tus espaldas. Ese cabello húmedo y salvaje sometido a la furia de los soles, al temblor de la siesta cuando el duende cabalga en mis entrañas. Ángel libidinoso que me enciende el amor como ninguna. Demonio depravado que me alienta a continuar soñando.
Siempre fingiendo que no te das cuenta cuanto me haces sufrir con tus mohines, con tu piel de indecente escalofrío si mi bigote acecha las cosquillas, con la malicia cómplice donde engendras tu risa. Pequeño cervatillo, gata en celo. Fruto que estalla ante mis apetitos.
Y yo con mis asedios impetuosos, rozando tus mejillas, el borde de los labios, oliendo el dulce rastro que abandonas, así, como al descuido, en los rincones. Sumido en el delirio donde muerdo tu nombre. Ternura en flor abriendo en las mañanas. Graciosa. Breve. Plena de rocío. Hechicera de amor que me convoca a invadir sus dominios.
Dueña de los abrazos espontáneos que destrozan los sellos de mis gónadas y secretan la savia avergonzada. Después de medianoche. Cuando tu hermana duerme sin sospechar siquiera a quien estoy teniendo y penetrando. Inocencia en sazón, promesa alada. Sólo yo te presiento tal como eres detrás de tus disfraces.
Por eso es que te llevo de paseo al borde del estanque, junto al canto silbante de las cañas. Y te pido que no me tengas miedo. Y te pido que calles. Que no grites. Y te digo que sólo voy a amarte como nunca te amaron. Que el resto de la gente no comprende porque son maliciosos, deshonestos. Que esta es la forma en que me amó mi padre cuando llegaba a casa, muy borracho, todas las madrugadas. Que no quiero golpearte. Que no quiero.

A menos que lo hagas necesario.

Como si nada

Creer en las palabras de esta chica es una afrenta grave.
Ya el planteo no es más que una burda mentira, una falta absoluta de respeto contra el estatus de mis defendidos, cuyo único delito ha sido incurrir en el uso milenario de pagar por un sexo consensuado.
Ellos no necesitan practicar el chineo.
El dinero les sobra para comprar favores cuando la urgencia así lo determine.
Trataron de escapar porque temían que no creyeran sus explicaciones, que malinterpretaran los motivos que los llevaron hasta la reserva, que confundieran hábitos carnales con violencia, barbarie, salvajismo, con ejercer poder sobre las hembras.
¡Cómo iban a abusar de una chinita a quien ven abatida por el hambre, por la pobreza y las enfermedades!
Solamente deténgase a mirarlos.
Ejemplares perfectos del trabajo en gimnasio, con sus pieles tan blancas y sus suaves cabellos y el aroma a lavanda. Los mejores promedios de su clase. De confesión y comunión periódica. De conducta intachable.
Formales, obedientes y bien disciplinados.
¿Por qué oculto motivo saldrían a la siesta en busca de estas niñas aborígenes para tomarlas contra sus deseos cuando cualquier mujer se sentiría dispuesta a bien-amarlos?
Esto es lo que ha logrado la mudanza de roles en una sociedad como la nuestra. Que cualquiera se atreva a presentar denuncias contra gente de bien, contra familias de vida irreprochable.
Y todavía se atrevan a poner en tela de juicio todos y cada uno de los testimonios de quienes atendieron a la niña en un primer momento, tildando de indolentes, de discriminatorios, de negligentes sus comportamientos. Sólo porque restaron importancia a un hecho repetido hasta el hartazgo. Costumbres ancestrales que nos llegan desde el principio mismo de los tiempos y al que todos estamos habituados.
Me parece mentira que hayan privilegiado las voces de los otros, la breve historia clínica ofrecida por el dudoso aval de un dispensario, el reporte inicial de los forenses, testimonios absurdos de terceros integrantes de una etnia resentida.
Y hasta la impertinencia de esa niña toba que ha demostrado una intención aviesa contra los demandados.
Mirándolos de frente. Sin vergüenza. Sin piedad. Sin pesar. Sin sentimiento.
Seis años en prisión ya confirmados.
Y ella sin inmutarse.

Réquiem por los pájaros

Ella hacía las compras, jabonaba pañales, enjuagaba y tendía. No había dinero para descartables. Transcurrían los soles sobre sus necedades y sus manos exhaustas.
Fue el año del Mundial y aquella ceremonia de los niños risueños, vestiditos de blanco. Todo tan ensayado. Todo tan impecable. Los estadios enormes, los partidos de fútbol que miraban en familia desde el refugio tibio de la cama.
Era invierno. Hacía frío. Preparaba pasteles con dulce de membrillo mientras las calles eran un desierto que, de pronto, poblaban millones de gargantas trepándose a las cúpulas del triunfo.
Fue el año de la copa. El mundo en esos brazos, en ese anonimato que invadía balcones, envuelto en la bandera de la patria. Muchedumbres corriendo, dilapidando euforias sobre los bulevares.
Y ella invitando a su hombre a salir a la calle. Justamente a su hombre, inquilino de rabias e impotencias, gritándole que él no se prestaba... que todo era un engaño, una grandiosa farsa para esconder la mugre debajo de la alfombra...
Y el barrio en la vereda, esperando que alzara a la pequeña, que cantara canciones, que acompañara al hijo en su inocencia porque toda la tarde era festejo.
Y en los días siguientes continuar caminando su mundo de manteles, de risas controladas, de limpieza, de pulir las cerámicas, de regar los canteros, de comprar ornamentos para tantas repisas. Disimulando siempre la pobreza con sus manos groseras, casi toscas, dos simples instrumentos de trabajo que anhelaban, a veces, las caricias.
Después, ese regreso al mundo en democracia. Acusaciones, juicios, testimonios. El corazón sin miedo denunciando. Treinta mil expedientes aguardando en despachos. Volúmenes enteros de nunca más indulto obediencia debida.
Mientras su culpa busca a los que faltan. Mientras blancos pañuelos se disfrazan de jueves en la plaza reclamando un retazo de plegaria para aquellos que fueron otros hijos. Mientras Scilingo entrega su cargo de conciencia porque voló la muerte con capucha cuando la noche era siniestra y lúgubre y el Río de la Plata un sepulcro sin nombre cargado de secretos.
Y ella culpable, loca, estupefacta, cómplice del silencio -incapaz de dudar, presentir, darse cuenta de la gran mascarada-, alcanzado certezas, comprendiendo que hay pájaros perdidos en la niebla y hay historias de aullidos y picanas. Y algo peor todavía, ahora que condena su figura embriagada de cánticos, escuchando las voces de sus padres, sus sandeces rotundas, sus prejuicios, sus sentencias, su nomequedandudas, su algohabránhecho, enalgohabránandado. Su acostumbrado juego de mordazas.
Ahora que comprende que le vendieron un mundial de fútbol y ella compró su cuota de estandarte y la correspondiente oblea distintiva de derecha y humana.
Porque en este país, en este sitio, todo estaba ordenado, circunspecto, prolijo y pintamos de blanco los parques y las plazas y permitimos que destrocen nidos porque ensuciaban mucho las aceras y adherimos a todos los decretos por que el hombre vistiera como hombre, llevara el pelo corto y no osara meterse donde no lo llamaban.
Tiempos en el que Dios fue indiferencia. Tiempos en los que nadie tuvo en claro que hubieran terminado con los pájaros porque nunca encontraron los cadáveres.

Escapar del silencio

Luego de medio año de trabajo, todavía era la nueva.
Los había escuchado mascullar que no habría traslado hasta que todo se calmara un poco. Desde entonces buscaba el momento oportuno.
Desatendió la cifra del número de hombres que cruzaron el vano de su puerta. Interminables días, interminables noches, interminables clientes, interminables llantos, interminables náuseas.
Al principio les era reservada a aquellos que gustaban de ejercer la violencia. Hasta que se dio cuenta que el Rengo y su mujer -los dueños de la "cueva"- ganaban mucho más cuando ofrecía esa animosa resistencia que terminaba con hematomas y sometimientos.
Pero ella no iba a darse por vencida.
No lo hizo cuando el padre las dejó llevándose los muebles y el dinero para vivir en casa de la Chola, apenas a cien metros de la suya. Ni cuando lo veía llevando de la mano a sus hijas pequeñas, siempre lavadas, siempre peinadas, siempre rubias, siempre sonrientes. Ni cuando saludaba y ella fingía no darse cuenta.
Ni siquiera aquella madrugada en que sintió los labios del padrastro –antes que lo apresaran por el robo del kiosco- mamando sus pezones, introduciendo un dedo en su vagina para rozar, paciente, ese botón de carne que expandía las alas del asombro.
Meditó largamente sobre las herramientas de las que disponía para escapar de allí. De ese lugar cerrado. Sin ventanas. Sin comunicación alguna con lo externo. Sólo les era dado un mendrugo de tiempo para estar con las otras y comprobar acaso cuánto en común tenían sus historias. Para sentirse rotas, corrompidas. Para sentirse derrotadas,
Porque la policía estaba involucrada. No tomaba denuncias de desapariciones hasta que los captores se encontraran sobradamente lejos. Dos días les bastaban. Sólo cerrar los ojos, mirar para otro lado.
Quizás, en realidad, no había salida.
Por eso, por la noche, cuando entró ese hombre gordo, vergonzoso, lo miró con un poco de ternura. Se acercó lentamente, lo desnudó despacio, recorrió con los labios su piel llena de sebo, mordisqueó cada pliegue de su abdomen hasta llegar a la ingle. Nada olía a jazmines, pero no le importaba. El hombre, estremecido, se arqueó sobre el camastro, sollozando, jadeando. Comenzando a sentir los ásperos delirios del espasmo.
Entonces, sinuosa y solapada, se acercó a su mejilla. Balbuceó juramentos al borde de la oreja, apresó cada lóbulo con sus dientes pequeños, introdujo la lengua en la cueva sensible del oído y deslizó su mano hacia las piernas, para palpar lo erecto.
Era el tiempo preciso de sentarse en su pecho, de arrastrarse hacia abajo, de introducir el pene en su vagina y cabalgar el tiempo del retorno, el tiempo de la huida.
Brincaba, retozaba, se movía danzando sobre el abdomen fofo, aguardando el instante preciso, la contracción final de los temblores. Y al fin, cuando su cliente yacía en el reposo posterior al combate, lavó toda inmundicia por encima de la desvergonzada palangana puesta sobre la silla, se secó lentamente y hurgó en cada bolsillo hasta encontrar el móvil.
Todavía agitada y sudorosa, lo tomó entre sus manos para marcar el número que la liberaría.

Cruce de caminos

Justo las cinco y media de la tarde. Por fin puedo irme a tiempo de la escuela. Mañana, sin más postergaciones, debo enviar la planilla del Sistema de Información de la Gestión Administrativa Escolar y pedir turno para la odontóloga del nene.
Y este fin de semana a la peluquería. Es tiempo de retoques. Ahora que por fin encontré a alguien para quien arreglarme. Después de tantos años.
No era justa ni fácil esa vida de madre solitaria. Una alegría compartir la cama, el desayuno, las conversaciones, los proyectos de vida a largo plazo…
El arreglo del auto tendrá que esperar al mes que viene. Espero que no me deje a pie. No es buen momento para pedir favores en las rutas. Ya parezco mamá, con sus sentencias: con tanto loco suelto no se sabe quién es el que conduce.
La vida se presenta a contramano de todas las doctrinas religiosas, de cualquier esperanza humanitaria… Y una camina al borde del abismo donde estallan sin tregua: intemperies, entregas, abandonos, severas negligencias…
Cada uno de nosotros prejuzga, tiene miedo, no se atreve a los riesgos de ejercer actitudes solidarias. Habitamos espacios sitiados por la infamia donde el mundo ha olvidado como extender las manos.

Mañana debo juntarme con algunos pesos como para salir de caravana y pedirle a mi primo que me apunte una mina madurita. De las que a mí me gustan.
La ropa de los pibes tendrá que esperar un poco más.
Espero que la negra no me haga un planteo de esos que yo termino a fuerza de trompadas.
Menos mal que la gente ya ha comenzado a tenerle lástima y la ayudan bastante. Una taza de arroz, un plato de fideos, un puñado de harina, una hogaza de pan…
Así lo que yo gano me lo guardo para gastarlo en hembras.
Aunque si no hay dinero no me quedo con ganas. Por buenas o por malas obtengo lo que quiero. Como le hice a la vieja que se puso difícil. Le destrocé la cara con un medio ladrillo y la dejé sangrando al borde de la noche. Para que se muriera. Sola. Tirada. Sobre las hierbas sucias de algún campo.
Porque yo soy terrible cuando me pongo en celo.

Pobre hombre, justo ahora que el sol se está ocultando, haciendo dedo en la banquina de los Zárate. Seguro que es el peón que emplean para changas.
¿Quién lo va a levantar por esta zona cuando el mundo ha olvidado como extender las manos?

Mujeres al volante. Corazón al volante. Está buena la turra. De paso que le doy un desahogo a esta sangre caliente, me hago con unos pesos, me quedo con el auto y la demuelo a golpes antes de deshacerme de las pruebas en alguna tapera, en algún pozo, en alguna cañada muy poco transitada. Porque yo soy terrible cuando me pongo en celo.

Secretos compartidos

Todos los días se detenía ante mí y me escrutaba el rostro. Tenía ojos de esperas y naufragios. Sin embargo, no fue hasta aquella tarde cuando quedó mirándome con ese gesto ausente, cuando se desataron los presagios.
En los días pasados, la risa sarmentosa desató, más que nunca, las crestas del encono.
-Quiero un té, hija- decía con dulzura; para luego exigir -¡pero sin lágrimas! ¡Cobarde! Inútil como el padre -mascullaba. Murió creyendo en el amor, en Dios, en la esperanza, en una vida llena de objetivos, un paso transitorio donde se pone a prueba la trascendencia espiritual del Hombre. Dos pobres infelices, incapaces totales de advertir que esto es todo -aguzaba su voz hasta el aullido- ¡Aquí está todo! ¡Por siempre! ¡Para siempre! ¡El castigo! ¡El filo de la espada que enarbolan arcángeles! ¡Los límites precisos del infierno! Ibas a abandonarme- bajaba hasta el susurro y luego retomaba el tono de sibila. -¡A mí, que te di el ser! por un negrito provinciano que no tenía donde caerse muerto, por un simple empleaducho que tuvo la osadía de obsequiarte violetas; de decirte al oído dos palabras de mierda, y que, como sabíamos, nunca vino a buscarte. Así quedamos, hija, cautivas de distintas realidades. Yo, de esta silla inmunda que me quebró la vida y vos de aquel olvido que te robó los sueños. ¿Aún no has comprendido? -preguntaba- Como dijo el poeta: Ninguna ha de dormir del lado de la dicha. Ninguna de las dos... -la voz iba apagándose hasta quedar dormida. Luego, el grito brotaba, imprevisto y agudo- ¡Este té ya está helado! -Y la loza estallaba sobre el desnudo piso de granito
Esperé a que fuera medianoche y salí hacia la sala.
Desde el óleo, sus ojos me observaban. Tenía la piel fresca y el cuerpo envuelto en un vestido negro con el corsé de encaje y la falda de gasas superpuestas.
Comencé a ascender las escaleras para entrar en su cuarto.
Parecía dormir, ajena a todo. Más allá de la mesa vestida de satén y los portarretratos custodiando jirones de otros días donde abría sonrisas desde un columpio bajo; donde el hombre moreno se despedía con el brazo en alto desconociendo que era para siempre; donde el amor bebía la tarde a bocanadas y ella aferraba un ramo de violetas.
La miré con ternura. Su mano descansaba sobre el papel gastado.
Cada palabra escrita asaltó mi memoria: Ella te miente Maura y va a destruirte. Lo que es peor todavía, va a destruirnos. No caigas en las redes de sus maquinaciones. Ven a mí. No me dejes. Federico.
Me acerqué a la ventana, uní pacientemente los postigos y corrí los cerrojos.

Cuando el aroma acre y nauseabundo comenzó su rastreo sibilino entre las altas patas de los muebles abandoné el fogón de hornillo abierto y crucé el comedor envuelto en la penumbra.
Apenas un instante alcancé a divisarme en los espejos. Mi cuerpo parecía deslizarse sobre las mansas superficies del azogue, envuelto en la textura liviana de la gasa.
No había traspasado, todavía, los pórticos del cuadro; cuando aquellas violetas comenzaron a irradiar su fragancia tal como en esa tarde cuando él se las comprara a la florista y me las obsequiara, antes de que trepáramos al bote y las abandonara en mi regazo.
Una calma silente, irremediable, se enseñoreó de todo. Tanto, que ni siquiera recobré la conciencia cuando mi mano izquierda resbaló de mi lecho y me hundí en los abismos de la nada.

Lo supe de inmediato.

Podés llamarlo astucia, instinto maternal, corazonada. Pero sentí un relámpago rasgando el territorio de mi vientre.
Fue aquel domingo en que volviste a casa con zapatillas nuevas. Antes de las camperas y los vaqueros de buena marca y el celular con cámara. Después de las reuniones con amigos en la puerta de casa y los envases de cerveza que iban y venían desde el kiosco y el olor penetrante de aquellos cigarrillos que armaban con destreza.
Sólo quise negarme los indicios. Porque de alguna forma vos lo estabas prohibiendo con tu voz de inocencia. Vos me manipulabas con los ojos llorosos y el acento quebrado.
Cuando la Anita desapareció de la calle casi al anochecer y los vecinos salieron a rastrearla te vi, muy preocupado, hablando con el padre. Le palmeabas el hombro con la fraternidad de los desamparados.
Día tras día los acompañaste. Baldíos, pozos de agua, casas abandonadas.
Nadie supo más de ella.
Mucho menos los necios de uniforme que nunca pueden descubrir a nadie. Los homicidas se emborrachan, confían en amigos, se entregan por remordimiento… Los transportes de estupefacientes sufren desperfectos, colisionan, eluden controles para darse a la fuga…
Ellos solamente se aferran a la supervivencia dentro de las paredes de sus comisarías. Ni toman las denuncias para no incrementar las estadísticas.
-¿Para qué? -se preguntan en la ronda del mate-. Si entran por una puerta y se marchan por otra. Si a las familias de los delincuentes reclamando justicia por sus muertes el Estado termina indemnizándolas. Si la justicia se comercializa y los menores son inimputables.
Por eso, hace un instante, al caer de la tarde, cuando entré en el galpón en busca de carbón para el brasero y encontré las dos cintas de sus trenzas atando la ropita ensangrentada detrás de los equipos de labranza no dije una palabra.
Con la mano derecha cubrí las convulsiones de mis labios en tanto recorría de soslayo la soledad total en la que me encontraba. Cerré la puerta sigilosamente, corrí cada cerrojo y coloqué un candado.
El sol capitulaba con las primeras sombras.
Regresé a la cocina y me senté a esperarte.
No he encendido las luces. El alumbrado público recorta las siluetas de los árboles sobre los vidrios de la puerta. Y hay perros que les ladran a las sombras más allá de los límites del mundo que construí para vos a fuerza de doblarme en fregaderos por un salario indigno.
Tengo un arma escondida debajo de las mantas. Tengo una decisión inquebrantable. Tengo una culpa ardiendo en mis entrañas. Y este dolor de oírte, canturreando tranquilo, mientras volvés a mí, cruzando el patio.

Sin respuestas

Si papá no insultara y maldijera y te estropeara el rostro con los puños cerrados cada vez que discuten por la plata. Si nos dejara entrar de nuevo al rancho donde el techo está entero. Si nos quisiera nuevamente juntos como cuando la Alcira todavía no había llegado a acompañarlo. Si nunca más pudiera echarnos a la calle con tu ropa y la nuestra sujeta entre las sábanas. Si la abuela Lucrecia no nos dijera nada, no nos pusiera plazos, no se enojara porque nos quedamos.
¿Vos podrías mirarnos con ojos más pacientes?
Si ninguna llorara cuando el dolor despierta en el lado de adentro de la panza. Si alguna de las tías se ofreciera a cuidarnos para que vos pudieras salir a hacer limpieza en casas de familia, como siempre lo hiciste antes de que naciéramos. Si vos recuperaras la sonrisa que yo recuerdo tanto. Si de una vez por todas te tendieran la mano, no festejaran siempre tus fracasos y te hicieran sentir tan desdichada.
¿Vos podrías mirarnos con ojos más amables?
Si la beba dejara de quejarse porque el agua caliente ya no alcanza para engañar el hambre. Si vos tuvieras leche para darle. Si yo prometo comportarme bien y no avisarte cuando tengo frío o cuando me apretujan los zapatos. Si el invierno no fuera tan odioso con el viento y el agua perforando las chapas. Si no trajera fiebres que me tumban y estornudos y toses y catarros. Si el hospital no nos quedara lejos y el colectivo no costara tanto
¿Vos podrías mirarnos con ojos más valientes?
Si fueras fuerte como un árbol fuerte, si no estuvieras siempre tan callada, si el llanto no viniera a visitarte cuando las velas dejan de alumbrarnos y la noche se puebla de gatos que se quejan y perros que conversan y mosquitos y grillos y ranitas… Si dios volara bajo, hasta la altura de la enredadera, y pudiera escucharte mientras rezás rosarios a la virgen y yo toco tu espalda con mi mano para darte consuelo pero no te das vuelta.
¿Vos podrías mirarnos con ojos más confiados?

Porque me asustás mucho cuando los ojos se te ponen rojos, cuando gritás que somos tu desgracia, que te volvemos loca, que no tuviste ni tenés salida, que cada día es una pesadilla…
Cuando te transformás en ese monstruo que toma a la bebé por los tobillos y la golpea contra las paredes hasta que la cabeza se le rompe y la abandona encima de la cama y se vuelve a las lágrimas que nacen del fondo de mi miedo y busca en los escombros esa vara de hierro con que el odio golpea tantas veces hasta llegar al fondo del olvido, hasta que los cabellos se me pegan a ese líquido espeso, hasta que me refugio en el desmayo y ya no puedo verlo mientras sale corriendo por el patio con una soga gruesa, amarillenta, hacia las ramas de los eucaliptos… que siempre lo esperaron

El pacto quebrantado

Yo no tuve la culpa. Se lo juro. No soy un asesino.
Sucede que tuvimos relaciones y ella quedó de encargue.
Estábamos seguros que su padre y el mío no nos darían su consentimiento porque ambos son hermanos.
Y está todo ese tema del incesto y la carne que es débil y el temor al castigo…
La amenaza constante de que alguien nos delate: a la comunidad, la iglesia, la familia…
No un miedo conocido. Un miedo de los otros, de los que secan tráqueas y cubren de sudores las pieles y las manos; de los que apremian vísceras y comprimen estómagos y entorpecen las lenguas…
Por eso la mañana en que nos enteramos, acordamos la idea del suicidio
No teníamos armas.
Así que decidimos que yo la mataría y luego cumpliría con mi parte del pacto.
Nos quedamos un rato mirando hacia la lluvia que se desmoronaba sobre el río. Parecía quebrarse con el viento, pero volvía a repicar con fuerza sobre el techo de zinc de la tapera.
Amábamos su voz entre las hojas, sus gotas acallando el grito de la sed sobre los pastos y el aroma surgido del encuentro entre la tierra y el temblor del agua.
Creo que fue el mensaje de la vida quien la hizo arrepentirse de la forma de muerte que eligiera. Y me alcanzó la rama de eucalipto.
Se arrodilló ante mí. Guardó silencio. Y aún tuvo tiempo para decir adiós antes de que asestara el primer golpe sobre su nuca delicada, frágil. Dos golpes más bastaron para elevar el eco de mi crimen sobre el sonido armónico del viento en la maleza.
Un mugido llegó desde la isla. Otro le respondió. Se oyó un cencerro.
Cuando intenté arroparla con su abrigo, mis manos salpicadas por su sangre, la mirada sin brillo cubierta por los párpados, la vida deslizándose en mis venas, pulsaban en mis sienes y dolían. Viera cuánto dolían.
Comencé a registrar en la mochila para encontrar la cuerda trenzada con esparto que le pondría fin a mi tormento. Colgué de los tirantes el nudo corredizo ciñéndolo al tamaño de mi cuello.

Y allí, solo ante Dios y en el convencimiento de su ausencia, me convertí en un pánico lloroso, profané la lealtad de mi palabra, perdí todo dominio sobre los orificios de mi cuerpo. Caí sobre mis propias inmundicias por no haber sujetado en las alturas la soga del pospuesto sacrificio.
Entonces acepté lo irremediable: no podría cumplir mi juramento, la promesa que le ofrecí a su angustia mientras nos atribuíamos los roles de jueces y verdugos.
Así fue que no tuve escapatoria y asumí esta rotunda cobardía.

Absuelto de las culpas

Como todas las tardes de verano, la Catedral se encuentra colmada por sus fieles. Trepa el incienso por las galerías y un aroma a jazmines surge de las capillas laterales.
Me yergo lentamente. Con los ojos clavados en el suelo, comienzo a caminar hacia el altar en busca de su amparo. Me basta una mirada de soslayo para evitar el roce con los otros. Los que me están mirando con cierta intriga mal disimulada.
En actitud de intenso vasallaje, cumplo con la liturgia de recibir la especie consagrada colocando la mano con los dedos pegados, la mano en forma levemente cóncava para esta comunión que habrá de abastecerme la delgada pericia de mi diestra.
Creo que es esta una actitud osada ante el cuerpo eucarístico. Pero igual deposito la hostia sobre mi lengua y, en actitud de humilde adoración, de intenso misticismo, dejo que Jesús Cristo penetre en mi interior.
Dios Hijo en este templo dispuesto a recibirlo. Ya libre de pecado. Absuelto de las culpas que me enrostran algunos periodistas y esas mujeres locas agitando pancartas en la calle.
Reclamando a los gritos contra la sociedad que no comprende, contra la Iglesia y sus excomuniones, contra la ley que sigue denegándoles el derecho a un aborto tutelado.
Todo por la muchacha que mandaron del campo con veinte años apenas, tres hijos en la espalda, otro más en camino y un tumor que avanzaba a pasos de gigante. Todo por la muchacha que no pudo acceder a la medicación que le era necesaria debido a las semanas de embarazo. Todo por ese vástago imprevisto, obstinado en nacer de madre moribunda, sin aliento ni esfuerzos necesarios.
Y una familia pobre, provinciana, insistiendo en que nadie previno o alertó, en que nadie les dijo que debían extremar precauciones para evitar las nuevas concepciones. Una familia herida que grita, que interpela, que denuncia la falta de asistencia para esa enfermedad que pudo ser tratada si mi Dios fuera otro o pensara distinto, que me atribuye ahora un homicidio por no haber discutido siquiera un eventual legrado terapéutico. Una familia rota que me hace responsable de ambas muertes.
Aunque yo tenga la conciencia limpia. Aunque nunca haya sido un asesino. Aunque esta profesión que me enaltece sea luchar a diario por la vida empleando los secretos de la ciencia.
Sin ese mes de gestación fortuita, no me hubiera tocado -desde mis opiniones personales, desde mis convicciones religiosas, desde mis paradigmas culturales-, suspender las rutinas oncológicas contraindicadas en mujeres grávidas.
Por eso no dudé ni un solo instante en dejar sus delgadas existencias libradas al dictamen del altísimo espíritu que rige los destinos de los seres humanos.

Que no impidió el progreso del cáncer perentorio ni vaciló en quitarnos a la madre y al niño. Que me ha dejado expuesto, a la intemperie, sin respuesta científica admisible ante su decisión inescrutable.
Siempre lejano, siempre silencioso, siempre inflexiblemente misterioso.
Y hace bastante tiempo no despliega milagros.

Tango en off.

Antes de retirarse a buscar una bolsa de basura, la voz recomendó que me quedara quieta. Obedezco en silencio. Ya no es momento de alzar la rebeldía.

Con las pupilas fijas en el techo, me niego a percibir los acordes del tango que llega desde el club de la otra cuadra. Fragmentos de la música con que el barrio celebra la mascarada absurda de febrero. Carnaval en las risas y en el aire. Carnaval en la atmósfera pesada y la humedad, la noche, los mosquitos.
Sus ojos se cerraron y el mundo sigue andando…
Sólo llegan a mi alma los ecos apagados de tus pasos huyendo de mi pena. Igual que aquella tarde. Cuando todo el ocaso descendía sobre la orilla opuesta del estanque, testigo obligatorio de mi pena. Esa pena rotunda que oprimía mi corazón, mi entraña… Y yo supe, de pronto, que todo estaba dicho. Que me quedaba sola con mi sola tristeza. Con el peso de culpas y castigos. Tajantes. Desvelados. Contundentes.
Y no tengo el consuelo de poder llorar…
Que me quedaba sola ante la gente, sin reposo ni lágrimas. Procurando el coraje de seguir adelante. De continuar cuidando, sosteniendo, salvaguardando el fruto de mi amor –ahora comprendo- jamás correspondido. Gestado para siempre en esta devoción de mi ternura y tu aluvión de fiebres y mentiras. Hasta que fuera el tiempo de donde no hay retorno. Porque nadie se atreve a interrumpir los sueños cuando la vida transgredió los límites y exige perpetuarse.
Quise abrigarla y más pudo la muerte…
Por eso decidí buscar refugio en casa de Susana. Por eso superpuse corpiños y bombachas. Cubrí falda y remera con el vestido nuevo. Oculté en la cartera todos los documentos necesarios. Y mis ahorros. Y mis ilusiones.
Para vencer un duplo de almanaques, tomar la delantera en los relojes, eclipsar la inclemencia de la palabra aborto.
Así tuviera que irme a otra provincia burlando la confianza de mi madre.
En vano yo alentaba febril una esperanza…
Por eso estoy tan sola. Tan vencida. Por no haber sido leal a mis principios. A la doctrina de la santa iglesia. Al honor, la decencia y el recato. Por haber comprobado en carne propia tantas humillaciones. Tantas puertas cerradas a mi paso. Tanto empleo negado por mantener amarras. Horarios. Gravidez. Hijos a cargo.
Y mientras en las calles en loca algarabía el carnaval del mundo gozaba y se reía…
Por tener la certeza –pobre incauta- de que ya era muy tarde para la interrupción del embarazo.
Y los afectos son imprescindibles.
Sobre todo si el alma anda en penumbras. Sobre todo si extraña los días del encuentro. Sobre todo si abundan las promesas, el perdón, los discursos, los abrazos.
Todo es mentira, mentira es el lamento…
Inmóvil, vulnerable, socavado, apenas recubierto con la sábana blanca, mi cuerpo es una ausencia con las pupilas fijas en el techo.
Por la oquedad sangrante he parido seis lunas amarillas sobre una palangana.
Pero la voz prohibe que mire hacia el cadáver.
Hoy está solo mi corazón…

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Centro Cultural de la Ciudad de Santa Fe

Biobibliografía

Datos biográficos:
Nació el 5 de Junio de 1945 en la ciudad de Santa Fe, República Argentina, su lugar de residencia.

Libros publicados: * Más allá de las máscaras (Poesía-Santa Fe,1989); * El vuelo inhabitado (Poesía-Santa Fe,1990-* Premio Edición en el Certamen Regional Rosalina Fernandez de Peiroten-Asociación Santafesina de Escritores-Santa Fe-Argentina); * Habitantes del paisaje-Capítulo: Mi voz a la deriva (Poesía-Santa Fe,1ª Ed.1990/2ª Ed.1991); * Tiempo de duendes (Poesía-Santa Fe,1991); * El amor sin mordazas (Poesía-Seuba Ediciones-Barcelona,1992- * Premio Edición en el Certamen Internacional Villa de Martorell-Barcelona-España; 2ª Ed.Santa Fe,1994-3ª Ed.México,2004); * Crónica de las huellas (Poesía-Vinciguerra,2000- * Premio Alicia Moreau de Justo; 2ª Ed.México,2004); * Un muelle en la nostalgia (Poesía-2001); * A espaldas del silencio (Poesía-2002); * Desde otras voces (Poesía-Linajes Editores-México,2004-Santa Fe,2005); * La memoria encendida (Poesía-Santa Fe,2004); * Pese a todo (CD-Poesía al alimón, en co-autoría con Silvia Delgado Fuentes-2004); * A solas con la sombra (Poesía-2005-Editorial Alebrijes-E-books), * Bitácora del viento (Poesía-2006-Editorial Alebrijes-E-books); * Historias para Tiago (Poesía-2007-Editorial Alebrijes-E-books); * En nombre de sus nombres (Poesía-2008-Editorial Alebrijes-E-books); * Réquiem por los pájaros (Narrativa-2010-Editorial Alebrijes-E-books)

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